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“ONDAS Y SALUD”®
Artículo original escrito por Ana María Oliva. Ingeniera Industrial. Master en Ingeniería Biomédica. Doctora en Biomedicina (Cum Laude en Tesis doctoral sobre efecto de campo eléctrico en células). www.energiahumana.es // www.anamariaoliva.es

Estamos acostumbrados a pensar en nuestro cuerpo como la parte física visible, y a creer que nuestro cuerpo termina donde termina nuestra piel. Sin embargo, hay otra manera de entender al ser humano. La física moderna nos ha abierto enormes puertas a las que asomarnos desde todo el resto de ciencias: desde las llamadas ciencias de la salud, desde la educación, incluso desde el diseño industrial. Esta puerta se llama “dualidad onda-corpúsculo”. Y viene a significar que todo lo material tiene también una contraparte energética. Es decir, que hay dos maneras de entender la realidad: la material y la energética, la partícula y la onda. No se trata de que una sea la propiedad o la consecuencia de la otra. Se trata de que ambas son dos formas diferentes de entender la misma realidad, dos enfoques distintos sobre un único evento. Esta nueva perspectiva nos permite replantearnos nuestros conceptos de hombre y de realidad, porque la visión desde la energía aporta puntos totalmente diferentes: 

El primero de ellos es que los campos de energía no tienen un límite, como lo pueda ser nuestra piel. Eso significa que mi campo o cuerpo energético (la versión energética de mi ser), está dentro y fuera de mi cuerpo físico, y teóricamente, no termina en ningún punto. Se va amortiguando a medida que nos alejamos del cuerpo físico, pero no termina. Eso ya me hace replantearme que no sólo me afecta lo que “entra” en mi cuerpo físico, o lo que está sobre mi cuerpo físico, sino que también me puede afectar aquello que, aparentemente alejado de él, en realidad está siendo una interferencia sobre mi campo, aunque sea a cierta distancia.

Los campos energéticos están continuamente interactuando, por interferencia o por resonancia. Y en función de la coherencia entre las diferentes “señales”, esas interferencias serán constructivas o destructivas. A través del lenguaje de la energía puedo entender (sin necesidad de juzgar) por qué a veces estar en algún lugar me hace más fuerte o me hace más vulnerable. Y lo mismo ocurre con las personas, con los alimentos, con las músicas, etc. Pongamos como ejemplo los alimentos. Sabemos que hay personas que tienen “intolerancias” alimentarias, eso significa que determinados alimentos producen reacciones no deseables en su cuerpo, debilitándolo o generando conflictos. Eso no significa que tal o cual alimento sea “malo” intrínsecamente. Solo significa que a esta persona en este momento, no le hace bien. Tal vez si la persona puede regenerar su flora intestinal adecuadamente, pasado un tiempo su cuerpo puede metabolizar ese alimento sin ningún problema. Pues bien, igual que algunos alimentos no nos sientan bien, algunas situaciones tampoco nos sientan bien. Espacios geológicamente activos, radiaciones electromagnéticas externas, lugares muy concurridos donde hay grandes expresiones emocionales pueden no sentarnos bien. La explicación es sencilla.

Las antenas son dispositivos diseñados para emitir y recibir señales electromagnéticas. El cuerpo humano resulta que también es una antena que emite y recibe señales electromagnéticas. No solo las del corazón y el cerebro, que son las más conocidas, y que corresponderían a Extra-Baja Frecuencia. También emitimos en otras bandas del espectro, como la radiofrecuencia, la luz infrarroja, visible y ultravioleta. La salud se basa en la capacidad de homeostasis, es decir, de mantener el equilibrio a pesar de las continuas modificaciones: de temperatura exterior, de alimentos que ingerimos, de agua que eliminamos, de radiaciones a las que estamos sometidas… El cuerpo humano trata de adaptarse a todos esos estímulos, internos y externos. Si la temperatura exterior se vuelve sofocante, el cuerpo reaccionará sudando para mantener la temperatura interna. Si estamos en peligro, generará hormonas que nos den energía extra para fortalecer temporalmente nuestro cuerpo (a expensas de otras funciones metabólicas). Y si estamos continuamente sometidos a radiaciones, nuestro cuerpo irá adaptándose a ellas de la misma manera.

Hasta ahí, nada que la naturaleza no sepa gestionar. El problema surge cuando el estímulo es demasiado fuerte, o se sostiene durante demasiado tiempo, y el cuerpo ya no es capaz de adaptarse. Si el estrés (del tipo que sea) dura demasiado, el cortisol que debería ayudarme a superarlo se vuelve en mi contra y empieza a devastar las estructuras básicas del cuerpo, dejándome vulnerable ante cualquier tipo de patología. Y cuando digo cualquier tipo, es porque es así. La disfunción se generará en el órgano o sistema que sea el eslabón más débil de la cadena de mi salud. No tiene tanta importancia la causa, irá siempre a la zona más débil.

En los llamados Síndromes de Sensibilidad Central, lo que ocurre es que el cuerpo ya no es capaz de adaptarse a los estímulos externos (excesivos y anti-naturales), de modo que, ante un estímulo muy pequeño, que no debería producir ningún tipo de problema, la reacción es desmesurada. Se ha perdido la capacidad de adaptación. La respuesta ya no es proporcional al estímulo. El cuerpo ya no puede más. Los mecanismos de regulación fallan, y aun cuando el estímulo ya no existe, el cuerpo sigue hiper-reaccionando. Dependiendo de cuál sea el sistema más débil, se manifestará de una manera o de otra: fatiga crónica, fibromialgia, intestino irritable, sensibilidad química múltiple, electrosensibilidad, síndrome de piernas inquietas, etc. Todos ellos se caracterizan porque hay una hiperexcitabilidad de las neuronas del sistema nervioso central a distintos estímulos periféricos (dolor, olor, ruido, alimentos, campos electromagnéticos, productos químicos, etc) y que se mantiene en el tiempo.

Adaptarse o enfermarse, parece ser la premisa. La dificultad está en que, hasta ahora, muchos de esos estímulos son difíciles de medir. La contaminación química puede pasar totalmente desapercibida para muchas amas de casa expuesta a productos de limpieza “muy efectivos” que a pesar de llevar un etiquetado correcto, no tenemos conciencia de que son auténticos venenos. Son efectos devastadores pero silenciosos… poco a poco esos químicos entran en nuestra sangre, y solo cuando alcanzan determinada concentración, son detectables y sus efectos visibles. Pero ya tenían efectos antes de ser detectados. La contaminación acústica es algo a lo que nos hemos habituado en las ciudades, hasta el punto de que el silencio del campo parece molestar a algunas personas. Y más difícil es todavía el tema de las radiaciones electromagnéticas. En una sociedad acostumbrada a la imagen, a ver, aquello que no veo, que no huelo, que no puedo tocar u oír es como que no existe. Los campos electromagnéticos nos pasan desapercibidos, como si no existieran, como si no nos afectaran. Pero ¿realmente es así?

El cuerpo humano, como decía, emite y recibe radiaciones electromagnéticas. Todos los seres vivos lo hacen. El electromagnetismo es uno de los mecanismos de comunicación intra y extracelular. Y esas radiaciones están continuamente interactuando con las de los demás, sean otros seres vivos o sean objetos artificiales. La energía no juzga. Simplemente sigue sus leyes de interferencia y de resonancia. Estamos inmersos en una red de energía. El cuerpo encuentra los mecanismos para adaptarse a estos cambios también. Pero eso no significa que no paguemos un precio por ello. Lo que ocurre es que, hasta hace muy poco, no hemos tenido herramientas que nos permitan medir estos cambios.

La mayoría de los estudios de electromagnetismo en la banda de microondas (es decir, donde actúan los teléfonos móviles) se limitan a estudiar lo que se denomina SAR (Specific Absorption Rate), o Tasa de absorción específica. Es una medida que nos permite ver la potencia máxima que un campo electromagnético (aunque también puede ser ultrasonido) es absorbido por el tejido vivo. Se define como la potencia absorbida por la masa de los tejidos y tiene unidades de watios por kilogramo (W/kG). Algunos gobiernos han definido los límites de seguridad a las exposiciones a teléfonos móviles en función de este parámetro. Se muestra el SAR máximo que un teléfono puede tener para evitar daños relacionados con un incremento de temperatura en los tejidos. Curiosamente, estos límites puede variar en varios órdenes de magnitud en función del país regulador. Por ejemplo, en Rusia son mucho más estrictos, y en España extraordinariamente laxos.

Lo que esta legislación y estos estudios no tienen en cuenta es que los campos electromagnéticos no solo producen efectos térmicos en los tejidos y células, sino que interfieren en la propia comunicación celular. No lo tienen en cuenta probablemente porque no lo saben. Todavía la ciencia ortodoxa niega muchos de los conocimientos publicados considerándolos como no científicos. Deberíamos preguntarnos si ganamos o perdemos con ello, y por qué se mantiene esta actitud en colectivos que, presuntamente, deberían ser los más abiertos y curioso. Pero personas dogmáticas hay en todas las ramas del saber… El caso es que pocas veces se hacen estudios sobre si los campos electromagnéticos, además de poder producir calentamiento, pueden interferir en la salud de alguna otra manera. Y la respuesta es SÍ. Un sí rotundo. Por algo mi tesis doctoral trataba de eso, los efectos de los campos sobre tejido vivo. Y tuve ocasión de ver muchas publicaciones en las que se valoran todos esos otros efectos: cambios en la presión arterial, en la variabilidad del ritmo cardíaco, frecuencia respiratoria, bomba sodio potasio, cambios a nivel de ADN, etc. Los efectos dependen del estado del sistema nervioso central, el estado fisiológico en general de la persona, la edad y el sexo. Los órganos humanos tienen propiedades eléctricas diferentes de acuerdo con la frecuencia y la intensidad de los estímulos externos. A algunas frecuencias pueden comportarse como conductores y a otras frecuencias como dieléctricos, es decir, de alguna manera pueden “filtrar” algunas de las radiaciones, como hace el cerebro.

Hoy en día no hace falta ser un científico de laboratorio para poder estudiar todos estos efectos. Por suerte, la tecnología va avanzando y nos va proveyendo de herramientas cada vez más sencillas en las que hacer nuestras propias investigaciones y obtener conclusiones. Una de esas herramientas es la tecnología GDV. Es una herramienta sofisticada que permite analizar las emisiones electromagnéticas de personas (y productos y lugares) y ver su dinámica de modificación. Es decir, un sistema para poder ver de manera fácil, intuitiva, no invasiva y muy rápida los efectos que todas estas cosas tienen sobre nuestro propio campo energético.

Voy a poner un ejemplo: 

Este es el campo energético de una persona. A continuación el campo después de la exposición a las radiaciones de telefonía móvil (solo timbre de llamada, sin contenido). 

 

Como se puede observar, no se trata tanto de si la cabeza sufre más o menos en relación con esta señal. Todo el organismo se ve comprometido, toda la energía se ve desgastada, alterada, desarmonizada. Y esto solo por la exposición momentánea a un teléfono móvil. Ahora tengamos en cuenta lo que ocurre al estar sometido continuamente, no solo a mi teléfono móvil, sino a todas las radiaciones presentes en el lugar. Mira cuántas wi-fi hay activas en donde estás trabajando (o durmiendo). No suele bajar de 15 el promedio de redes inalámbricas disponibles en cualquier dispositivo (con mayor o menor señal), y si las capta el ordenador o el teléfono, mi cuerpo también las capta, también está sometido a ellas. Y si hay mala cobertura, peor, porque se incrementa la potencia de la señal.

Hay estudios que muestran resultados como mínimo, dignos de ser tenidos en cuenta. En el artículo llamado “responses of people to the mobile phones and the influence of the protective devices” se muestran los resultados de las investigaciones llevadas a cabo en el Instituto de Investigación de Cultura Física y del Deporte de San Petesburgo (Rusia), donde las normativas respecto a radiaciones son mucho más estrictas que aquí. El estudio afirma que el estado funcional del 80% de las personas testadas disminuyó después de 1 minutos de uso del teléfono móvil. Afirman también que el efecto de los teléfonos móviles se ha podido medir en el cerebro a través de electroencefalogramas. Sus conclusiones son las siguientes:  

  • Tener los teléfonos móviles activos cerca de la oreja durante 10 minutos resultó en importantes cambios en los parámetros fisiológicos de la mayoría de las personas (frente a un grupo control), indicando reacción del sistema nervioso autónomo. 
  • El nivel de influencia depende del tiempo de exposición: tras 5 minutos de exposición las reacciones fueron menos significativas que si aumenta el tiempo a 10 minutos
  •  El efecto del teléfono también depende de la marca y modelo, y de la condición específica de cada persona. 

Es decir, hay una afectación real a muchos de los sistemas, aunque dicha afectación es individual y depende del propio estado de la persona.

Otro estudio relacionado con el efecto de las radiaciones de monitores de ordenador realizado en una cooperación entre New Venture Technologies, Estee Lauder Companies (NY, USA) y la Universidad de San Petesburgo explica que los campos electromagnéticos externos tienen efectos nocivos sobre las personas. En este caso se trata de radiaciones de muy poca potencia, campos de los llamados débiles. Sin embargo, se ha demostrado que pueden generar diferentes tipos de efectos clínicos adversos como la infertilidad, enfermedades neurodegenerativas, dolores de cabeza, depresión, desórdenes del sueño y fatiga. Estos efectos se han validado en estudios a gran escala siguiendo los protocolos científicos de doble ciego y aleatorización. Los resultados muestran reacciones que dependen fuertemente de cada individuo. El 50 % de los individuos tuvieron una disminución en sus niveles de energía. Se hace realmente importante tomar conciencia de ello, y también tomar las medidas oportunas para intentar evitar una degradación de la salud que parece inevitable. ¿Eres de los que sostiene el portátil o la tablet sobre las piernas? Suma pantalla, wi-fi, etc…

Pero no son solo las radiaciones artificiales las que nos afectan. La propia tierra tiene sus campos electromagnéticos, y diferentes tipos de radiaciones que afectan a la salud. Es conocido el término “lugares de poder” como sitios donde la energía es más fuerte, favoreciendo determinadas actividades, por ejemplo, el culto a los dioses. De hecho, muchos de los templos primitivos están en estas zonas. Paralelamente, tenemos el término “geopatía” que indica lugares donde la tierra está “enferma”, o mejor dicho, donde nosotros podemos enfermar. Porque no todos los seres vivos requieren el mismo tipo de energía. La sabiduría popular dice que “donde se sienta un perro es bueno para el pastor, pero donde se sienta un gato no”. Gatos y perros tienen necesidades energéticas diferentes, y lo que para uno es armonizante, puede desequilibrar al otro. El conocimiento de estas zonas es quizás tan antiguo como la humanidad. Pero de nuevo, nos enfrentamos a energías que no siempre son mesurables de forma sencilla. Tan solo la radiestesia permite un acercamiento a esta realidad, no siempre aceptada científicamente.

A través de la tecnología GDV podemos medir directamente la dinámica de la energía de un lugar, viendo si es estable y por tanto adecuada para la vida humana, o inestable. Y también podemos medir los efectos que los lugares tienen sobre nuestra propia salud. En un estudio publicado en la revista Forsch Komplementärmed Klass Naturheilkd en 2005 se analizan 52 personas en un estudio aleatorizado y doble ciego (es decir, que sigue el protocolo científico. Los resultados muestran una disminución en la cantidad de energía y un aumento de los marcadores de estrés. La energía de la glándula pineal concretamente se ve disminuida lo que es coherente con la reducción de la secreción de melatonina, y aumento de los desórdenes del sueño. También hay una disminución de la energía del sistema inmunológico y linfático. En más del 70% de las personas analizadas se observaron niveles de energía debilitados en el sistema cardiovascular, y también se hallaron puntos débiles en otros sistemas, como el urogenital o el digestivo.

El estrés geopático no se suele tener en cuenta como causa de enfermedad, puesto que es algo que no solemos percibir conscientemente. Tampoco se comprende exactamente el fenómeno que llamamos “geopatía”. Parece ser una combinación de campos electromagnéticos de diferentes longitudes de onda (desde muy bajas frecuencias hasta más allá de GHZ), que además son variables, junto con otro tipo de radiaciones, algunas incluso ionizantes. El problema técnico es que las señales provenientes de una geopatía se mezclan con el ruido del entorno, de manera que la interferencia no permite captarlas con claridad. Y precisamente esta interferencia y la resonancia con los procesos biológicos parece ser la causa de que produzcan enfermedades.

Estudios realizados sobre geopatías muestran que se producen los mismos síntomas del estrés. Aparecen síntomas de nerviosismo, desregulación del sistema inmunológico, infecciones leves pero persistentes, resfriados que no se curan, candidiasis, y un largo etc. Depende de la condición de la persona, el estrés geopático y/o electromagnético le afectará más en un sistema o en otro.

La falta de conciencia sobre el impacto de ciertos campos energéticos sobre nuestra salud y bienestar puede ser algo peligroso. Los campos electromagnéticos (sin importar su procedencia) pueden afecta a muchos sistemas del cuerpo, entre ellos el sistema nervioso, el cardiovascular y el inmunológico, incluso ser relevantes en el tema del desarrollo del cáncer. Muchos países empiezan a darse cuenta de que el impacto de la electrosensibilidad en la población general es mucho mayor del que se esperaban. Los niños son los colectivos más sensibles a ello, puesto que están en desarrollo. Es fácil ver como un niño que no duerme bien recupera su sueño al corregir la geopatía o cambiar la cuna de lugar. Es realmente importante tomar conciencia de ello, continuar investigando para tener cada vez más conocimiento y, sobre todo, usar las tecnol


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